14.10.06

 

Cómo morder a un perro y no morir en el intento

Por Pablo Molloy

Mi experiencia con mordeduras y perros es francamente lamentable. Desde los siete a los catorce años, por lo menos, y como era el que organizaba los partidos, tenía que ir a buscar a el gordito número 9 a su casa en el medio del monte, así que iba nomás, pero no hasta la casa, sino hasta un árbol que se encontraba a cincuenta metros. Me subía al árbol, y empezaba: “!Demián!, ¡Demián!” (posta, se llamaba así). Quince o veinte minutos después, el gordito salía. Sin su perro, claro está. Sin su perro llamado Rambo, que durante esos quince minutos me había estado ladrando estrepitosamente desde el enrejado de la casa.
Pero un día salió.
Lo recuerdo perfectamente: abrió la puerta con su pata izquierda (jamás entendí porqué no lo había hecho antes), y encaró para adelante. Yo no había llegado al árbol.
Tuve que correr.
En un momento el perro me alcanzó, pero eso no lo cuento, porque es sabido.
Por otra parte, en casa teníamos siempre gatos. No: gatos no. Gatas. Gatas, o sea, mininas. Felinos, boludo. Eso. Y un día me las cogieron a todas juntas. Me las culearon, les dieron masa, traca traca. Total: veinte crías. Ahí nació la blancaynegra. Esa era mi gata. La elegida. Cuando yo llegaba no me maullaba. Nunca me pedía comida, odiaba que le hiciera upa, que le diera de tincazos en la oreja. No importaba: esa era mi gata.
Murió destrozada por los perros.
Yo tenía quince años. Esa noche habíamos estado por ir de putas con unos amigos, pero yo me volví a casa. El resto no lo quiero contar.
Último episodio: tenía veinte. Caminaba desde mi casa paterna hasta la casa de mi amigo Guille. Creo que la había puesto el día anterior, que la había puesto bien, y entonces imagino que la idea era irle a contar a Guillote. Era martes. Octubre. Treinta grados de temperatura, y yo debajo del sol. Caminé cinco kilómetros. Cuando llegué, el puto no estaba. Decí que llevaba un libro, y la había puesto (creo) el día anterior.
Decidí volver caminando pero, esta vez, leyendo.
Leía Demian, de Hermann Hesse.
Estaba totalmente metido en la lectura. Asombrado por esa idea de enfrentar a los demás mirando fuerte a los ojos.
El perro no ladró.
Ni un ladrido.
Directamente tomó impulso, en toda su negritud se me vino de frente, piensen que yo mitad seguía leyendo, mitad veía una enorme bola negra con los dientes afuera, cada vez más enorme, más cerca.
El perro me mordió una de las piernas.
Recuerdo que lo miré, que sólo atiné a mirarlo aferrado a una mis pantorrillas y a gritar, al aire, a nadie (era octubre, martes, hacía calor, no daba para estar afuera): “La puta madre, la re puta madre”.

Eso es casi todo.
Resta decir que ahora tengo otro gato, una gata, minina, un felino, eso, que está bien vivita y coleando y que según sé ha tenido enfrentamientos con los perros más conocidos de la cuadra.
Todavía no le pasó nada.
Sobre cómo morder a un perro sin morir en el intento, pregúntenle a ella.
Ella sabe.



Una historia de TV: Pablo Natale nació en rosario, el 25 de mayo del 82. A los cinco años estaba mirando Mazinger Z en un televisor blanco y negro y empezó a ver en color. A los siete su familia se trasladó preocupada a Carlos Paz, porque entendían el encierro en departamentos rosarinos le estaba haciendo mal. Se pasó quince años mirando las sierras. Nunca entendió.
Estudia Letras, le falta poco para terminar. Se había decidido a publicar su obra a los 33, con el nombre de “Obra Póstuma”, pero dice que esto de los blogs le abrió una oportunidad.
Está trabajando sobre un libro de historia - poesía llamado “El retorno del Jedi”, sobre una novelita seudo-biográfica titulada “Vida de Molloy”, y sobre un libro de poesía cotidiana que vincula a Vicente Luy con James Joyce. Entre otras cosas. No sabe qué título ponerle al libro de cuentos que tiene en manos. Todavía.
www.pacmanvuelve.blogspot.com

Comments:
muy bien man!! nos vemos en la hora del "loco" hernàn y a la salida charlamos con una ginebra en el bar.
 
Parece que el seudónimo se torno real.
Pablo Natale jugaba a ser Federico Molloy.
Una parte me comió.
Ahora, acá, Pablo es Federico, es Molloy.

(tengo otro seudónimo: "Agaetis Byrjun". Es horripilante, ¿no?)
 
si supieras que hay detras del significado Agaetis Byrjun te gustaria
 
dónde lo escribo?
 
Anónimo: Escucho.
No hagas trampa.

Cuqui: acá, allá, donde quieras.
Te escucho.
Te leo.
 
Buenísimo, Molloy, ya te voy a mandar los preseleccionados para el nombre de tu perro.
 
Siempre admiré esa capacidad de expresar la "realidad" tuya, una manera rara que me provoca risas, una manera extraña que muchas veces me dejó sin ganas de leer otra cosa, una forma misteriosa que acalambra mis cachetes al sonreir, quizás por la cercanía. No no, más bien por la lejanía... Si, a cinco años lejos tuyo...(podría decir 3 pero lo del ´82 lo sumo acá)
 
No seas buchón, che, que vos andás por la vida como si tuvieras 17 (guiño cómplice).
Por lo otro, gracias, quedamos que pagás el viaje vos.
 
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